sábado, 17 de abril de 2010

Antología vasco-holguinera a la vista



Viaja ya a Cuba, donde saldrá impresa, la primera antología que junta a los poetas de la Galleta del Norte. Pero no estarán solos. Junto a ellos, poetas holguineros tienden un puente del Caribe al Cantábrico.

Con el permiso de Miguelángel Zorrilla, prologuista y editor del libro, además de poeta galletero, adelantamos el prólogo vizcaino de la publicación que se nos viene. Y, de paso, avanzamos también uno de los poemas de Josu Montero que habitan el libro.






PRÓLOGO VIZCAINO
SOBRE LOS INICIOS, CARÁCTER, DESARROLLO Y CONCURRENCIA DEL TALLER LITERARIO LA GALLETA DEL NORTE


El Taller Literario La Galleta del Norte surgió a finales de 1983 en la antigua Casa de Cultura de Barakaldo de la calle Juntas Generales. Una convocatoria pública reunió allí a gentes de muy diversa edad y condición con la idea de hacer una reunión semanal para jugar con las palabras, con los textos, con los elementos que potencialmente pueden devenir en literatura... o no, pues tampoco se trataba de iniciar carreras literarias. Era más importante el juego, el acceso a los recursos expresivos del lenguaje, la conquista de la palabra por parte de cualquier ciudadano de la calle. La entrada era libre, sin asistencia obligada, y gratuita: esta explicación se hará ociosa en algunos lugares, pero conviene aclarar que muchos llamados Talleres Literarios son a modo de Academia libre creada por el correspondiente maestro con o sin título, y que implica gastos u honorarios. La Galleta del Norte se parecía más a una asamblea popular, donde asistía quien quisiera, con trabajo de letras por medio. La propia tarea lograba cribar la asistencia.
Porque importa precisar que el Taller no tomó el carácter de una tertulia de cháchara y desgrane sucesivo de recitados de los asistentes, sino que lo de “taller” fue, literalmente, fábrica. No en vano Barakaldo, aunque mucho ha cambiado, aún es llamada la ciudad fabril, pues en tiempos tuvo Altos Hornos que, según la canción, alumbraban a todo Bilbao. En La Galleta se entraba para ponerse a escribir allí mismo en colectivo, según la propuesta de animación que cualquiera podía traer cada día.
Seguramente fue esta actividad in situ la que introdujo en la metodología y carácter del Taller ciertos aires de vanguardia, maneras de los ismos de entreguerras del siglo XX.. El propio nombre del Taller se inventó reformando con fuerte ironía la mancheta de La Gaceta del Norte, el periódico más antiguo de la provincia (y también el más conservador picando en rancio), que por aquel tiempo se vio en ruina económica y abocado al cierre. Desde ese bautizo con toque dadá, luego fueron innumerables las referencias, durante las sesiones, a fórmulas de esa índole: “cadáveres exquisitos”, textos escritos a hoja corrida (bautizados en el Taller como “pasa-pasa”), “logo-rallies”, binomios de palabras asociadas, procedimientos oulipianos (restrictivos), reforma y reciclaje de textos ya existentes, invención de autores heterónimos... Sin duda, estas tácticas eran las que más y mejor desarrollaban la creatividad colectiva.
Habrá quien diga que esta recreación del vanguardismo tantas décadas después de estar en boga no tiene excesivo mérito: Pudiera. Pero piense que estamos hablando de una ciudad del cinturón metropolitano de una capital provinciana de un país que ya no era tan referente cultural mundial; estamos hablando, de la segunda (o en algunos casos primera) generación del país –créase o no, es así, y en un país de tantas ínfulas históricas como España– que conocía el acceso generalizado a la educación desde la infancia, y estamos hablando de clases sociales, si hemos de llamarlas por su nombre, proletarias: sin otro medio de vida que su fuerza de trabajo, así de exacto. Tales éramos las personas que luchamos, desde el Taller, por un rincón de creación literaria en nuestras vidas. Reconocer que reinventamos (con nuestras propias peculiaridades) una nueva versión de las vanguardias, aunque se antoje trasnochada cronológicamente, creo que nos honra a fin de cuentas.
Al Taller acudieron personas bien diversas. En la situación de un libro antológico como éste, a mí me seduce diferenciar dos tipos: los que portaban el virus de la vocación literaria, y los que no. Ningún desdén para estos últimos: doy fe de que en el Taller, todo el mundo se exprimió el magín con libertad y sin censuras, y cualquiera podía aportar una idea enriquecedora. Y el que no se lo pasaba lo suficientemente a gusto, dejaba de acudir sin un reproche, y siempre en buena avenencia. Entraron y salieron muchas personas, unos a temporadas cortas y otros largas; unos como Guadianas intermitentes y otros con tesón incesante. A nadie se le pidió jamás examen de talento, y sólo el propio laborar del Taller fue depurando la presencia de cada cual.
Pero, lógicamente, para esta ocasión me interesa más incidir en los casos de portadores de un hipotético V.V.L. o V.V.P. (Virus de la vocación literaria o poética). No creo preciso distinguir entre los que llegaron al Taller con el virus y quienes se contagiaron en él; lo cierto es que acabó decantándose un reguero de miembros cuya vivencia literaria parecía ser permanente más allá de las propias sesiones, y que, aparte de contribuir a la escritura colectiva, llevaban en privado la actividad personal y subjetiva con cierta continuidad.
Debo decir en honor a la verdad que el Taller, como institución, no fue especialmente generoso con estas obras individuales. Sí les ofreció alguna cabida, cómo no, en sus publicaciones y recitales, pero ni de lejos les dio tanto tiempo de cancha como a la obra colectiva. Nadie pudo decir que acudir a La Galleta le servía para inflar su ego literario, lo cual, en el fondo, me parece sanísimo. Aún así, estos vocacionales encontramos momento y espacio para encuentros, intercambios y conversaciones en los aledaños del Taller y en las horas posteriores a las sesiones, en alguna resguardada cafetería barakaldesa. Bien mirado, fue una opción afortunada, porque nos permitió disfrutar de los colectivos hallazgos lúdicos, indagadores, experimentales, desenfadados y a veces hasta un punto grillados, del Taller, a la par que los aplicábamos (cuando nos parecía oportuno) a la búsqueda por parte de cada uno de lo que León Felipe llama “una angustia específica y subjetiva”. Incluso en los casos en que esta angustia era (permítanseme las redundancias) más manifiestamente angustiosa, no creo que nadie niegue la benéfica influencia del Taller, tanto como proceso desmitificador de esa citada angustia, cuanto como polo de atracción de personajes angustiados afines entre sí.
Pero sucedió que al paso del tiempo, los modos de vida de los asistentes fueron cambiando, y las reuniones espaciándose hasta desvanecerse. No creo que se perdiera, sin embargo, el espíritu del grupo, revivido en encuentros esporádicos y en apoyo conjunto a otras actividades. Bien: a partir de ese momento de dispersión, cabe hacer un balance y uno se encuentra con dos aspectos.
Por un lado, obras colectivas del Taller. No son muchas las que quedaron terminadas, pulidas y redondas, pero haylas. Lo más destacado, sin duda, piezas teatrales: la escritura de teatro por el procedimiento de tormenta de ideas resultó muy eficaz, y algunas ganaron certámenes y fueron publicadas por la Editorial Hiru Argitaletxe de Irún, y otras llevadas a escena por grupos teatrales de diversa categoría, desde profesionales hasta escolares. Pero en el género poético también hay édito un volumencito de prosas peculiares, por Ediciones L.U.P.I., y en narrativa, el mismo Taller produjo otro de relatos breves de autoría colectiva. Esto, como recuerdo de la obra colectiva que logró editarse: no es ninguna cifra abrumadora. Quedará por ahí alguna obra más que, mirada con discernimiento, pudiera darse por acabada; sin ir más lejos, yo mismo recuerdo con agrado, y conservo, unas páginas de greguerías creadas en una sola sesión, cuya factura literaria doy por muy decente. — Pero parece justo decir que el Taller fomentaba más el aspecto de animación, y por tanto el inicio de la idea creativa, que la labor de refinado y finalización.
Por el otro lado, el de las producciones individuales, el Taller puede jactarse de haber atraído a sus sesiones a una buena docenita (o quizá hasta alguno más) de poetas que, andando el tiempo, pueden mostrar una trayectoria de dedicación continuada, de obra creada y acumulada y a veces publicada... No caeremos en el triunfalismo, no pretendo venderles algo como el llamado boom de novelistas iberoamericanos de los años 70 y 80. No hay premios Nobel, ni Cervantes, ni Lenin. No hay best sellers comerciales (malamente los suele haber con el género de la poesía) ni estrellas mediáticas. Pero 10 ó 12 poetas, cada uno con su propia angustia subjetiva nítida y su proceso creativo permanente, no es cosa para tomarse a chacota. Hay que darle su valor.
Sin embargo, paradojas de la vida, el Taller, como conjunto, nunca había logrado propiciar una antología conjunta de sus miembros. Ya dije que nunca se mostró muy amigo de reconocimientos personales. Y además, es probable que para tal empresa hiciera falta la perspectiva que da el transcurso del tiempo. El caso es que es ahora la primera vez que se hace. Por mí, bienvenida. Y hasta diría que ya era hora. Yo, desde luego, la tenía ganas. Concédanme el desahogo de expresar que en estos años han sido escasísimas las llamadas a recordar a este Taller: seguramente es la consecuencia de su modo de ejercer, humilde y callada, una labor cuyo mérito no tiene que envidiar a casi nada de lo que entretanto ha deslumbrado (mucho o poco) en nuestro alrededor, por ejemplo en el ámbito provincial... y veríamos si en otros más amplios. Porque en esto, también muchas veces el mundo, cual la Eva de Martí, exhibe ampulosa el diamante de similor y deja escondido el alfiler de oro puro.
De modo que, cuando Alexis Triana, a principios de este año me sugirió que presente para su provincia de Holguín una muestra de poetas vascos actuales de calidad, yo no pude por menos de recordar los premios de Josu y Jose, los gruesos volúmenes de mecanografías y los fotomontajes de Txaro, los libros y collages de Marisa, la continua autoedición de cuadernos de Karla, los recitales y performances de Feli en la librería La Caraba y en su actual local Satalunta, los blogs de Javi, la militancia perenne de Carmen, la no menos permanente sensibilidad de Emma, y la inclasificable, pero coherente, poética de Goiko. Y me dije: sí que conozco poetas vascos de calidad. Hay más, desde luego, pero la hora de La Galleta ha llegado. El Taller que anteponía la acción directa de escribir a toda otra vanidad, se merece una presencia. Y las voces distintas de los poetas que allí concurrieron han cuajado lo suficiente, para, entre errores y aciertos, dar un mensaje digno y válido que pueda ser recibido mar por medio. — Y aunque algo me desazona que esta recolección no se haya promovido aún en la propia región que vio nacer al Taller (refrendando el tópico de que nadie es profeta en su tierra), con mucho se compensa con el hecho de que sea Holguín, que para mí ha llegado a ser tierra poética de promisión, la que haya propiciado esta acogida. A la que respondo con alegría inmensa.

CRITERIOS SEGUIDOS EN LA ELABORACIÓN DE ESTA ANTOLOGÍA:

Los propios autores aquí recogidos han entregado a esta antología cada uno lo que le ha parecido más oportuno dentro de la capacidad propuesta para el formato del libro.
La única salvedad es que sí insistí en que trataran de darme algún poema que permitiera una presentación visual, caligramática, icónica o hasta pictórica si llegara al caso, o que fuera experimental, que se saliera un poco de la fórmula de habitual hilera de versos. Lo consideré así para dar alguna nota gráfica que aligerase el libro, y recordando que en el Taller se hicieron a menudo tentativas de este estilo, y que varios de los participantes habíamos perseverado en incursiones en ese campo. Los que lo frecuentaban menos han tenido la deferencia de intentar adaptar algún fragmento de su obra a este requerimiento, y mucho les agradezco el esfuerzo adicional.
Las pequeñas biografías también las han escrito los propios autores a su completo albedrío, y son así de diferentes: hay quien se ciñe a datos biográficos, quien ofrece fundamentos de poética, y otras veces recuerdos de la infancia o agradecimientos a la familia. Libre lo han tenido. El lector podrá deducir algo de cada versión. Pero temo que, en tal brevedad no van a lograr ser una presentación completa.

Quienes hemos citado en ese espacio la lista de obras, lo hacemos con el criterio de que esos volúmenes pueden aún caer, un día u otro, en manos del lector, y no con ánimo de presumir de notoriedad. —Porque en este grupo hay un número significativo de personas cuya prioridad creativa no es terminar libros, ni menos aún fomentar las relaciones sociales o comerciales precisas para publicarse, y sin embargo, su actividad de escritura es consistente y continuada. Así pues, hemos descartado la elaboración de una lista exhaustiva de obras y colaboraciones de todos; preferimos evitar el agravio de comparar a los autores en base a las longitudes de cada listado, porque, en este caso concreto, resulta ser injusto e irrelevante.
El orden de los autores lo he determinado por la veteranía en la asistencia al Taller, y en caso de coincidencia, por edad. Si no me equivoco, tengo dos socios fundadores (Txaro, y Josu), luego va Goiko, que es adlátere de honor desde el inicio; detrás el hombre puente: Jose; después la segunda oleada: Feli, Marisa y un servidor. Y los posteriores creo que son islotes sueltos: Karla, Javi, Carmen y Emma. — No es imposible que cometa algún desliz en la determinación de la fecha de llegada de alguno, pero si tal hay, será nimio y perdonable. El orden de los autores no iba a crear secuencias perceptibles formales o temáticas, sino más bien un perfecto salpicón, o si se prefiere en Cuba, un ajiaco, bastante revuelto. Hay una disparidad de estilos manifiesta, que hace más curiosa y hasta admirable la convivencia que hubo en su día de todos ellos en torno a la mesa común del Taller.
Y cumplimentados estos detalles que quería hacer constar, pido al lector disculpas si el relato parece obedecer más a mi nostalgia evocadora que a su interés por la causa. Ahora sólo me queda franquear la entrada a los mundos de cada autor, lo que quisiera hacer con un par de últimos avisos: que en ellos se hallará de todo excepto monotonía, y que no tema el lector a las sorpresas que el viaje le depare.
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Miguelángel Zorrilla — Febrero, 2010.